jueves, 22 de junio de 2017

Primum non nocere

La figura descolorida de tres al cuarto pegó un volantazo y el parabrisas se le llenó de nuevas ilusiones. Llevaba en el asiento de atrás al cadáver de sus emociones intransigentes, aún encadenadas a su pecho entre el amasijo de asientos, alfombras y sangre fresca. De vez en cuando miraba por el retrovisor para darse cuenta de lo lejos que había llegado, mientras los latidos de su órgano motor le gritaban que se inyectara una nueva dosis de rebeldía. Sonaba de fondo una cancioncilla que había cogido prestada hacía tiempo de las almas experimentadas y apaleadas que yacían a la sombra de su pueblo, su cárcel. Expectantes, todos querían ver cómo aquel proyecto de mariposa fracasaba en un estrepitoso vuelo hacia la muerte, pero eso le daba a la bestia más fuerzas para volar. Era tentador cerrar los ojos y crear un nuevo final para aquella historia destinada al fracaso, pero la bestia clavó las uñas al volante y se mordió los labios hasta sangrar. Acostumbrada a andar por encima de las nubes y de sus posibilidades, no tardó en dibujar una nueva línea de sucesos ilusorios bajo sus párpados acostados, que le invitaban a imaginar como nunca antes lo había hecho. Con la oscuridad cernida frente a ella y aquel manto de tragedia tendido en medio de la carretera, el golpe físico no fue ni de lejos tan cruel como el emocional. Había soltado el volante, sus convicciones y su salud mental habían quedado desparramadas en el lugar del siniestro. Rota, entre los hoyos del suelo, se atrevió a despegar los párpados de los ojos. La luz se despojó de toda esperanza y le desgarró las cuencas, llenándolas de estrellas mojadas. La música había perdido su voz melódica en la caída y se vistió de un ruido tan alto que sus pensamientos quedaron ahogados en el asfalto. Sin embargo, antes de tener la oportunidad de verse asfixiada, unos brazos descoloridos de tres al cuarto la levantaron a regañadientes y la sentaron en unas rodillas despintadas. Así, la bestia, exhausta, se dejó hacer y confió en aquellas manos torpes que poco a poco curarían sus grietas y sus fugas, sus menos y sus más, con puntos de sonrisas, que no de sutura, en las heridas más profundas.

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