domingo, 5 de junio de 2016

Sonrisas recíprocas en universos lejanos

Planto mi mirada en el papel virgen, que me agarra de los hombros y me besa, me besa hasta que cada poro de mi piel queda impregnado en él, como un sello íntimo y personal. Mi sello. El sello de una pobre soñadora que busca a tientas en la oscuridad la llave de la luz. Sí, la luz. Creo haber encontrado la clave para saber dónde está. Encenderla es otro paso.
Es curioso y casi terrorífico que en ocasiones, cuando me inspiro y dejo que todo salga en forma de cascada a través de mí, mis palabras sean creadas con tal facilidad y elegancia, que me parezca que ni siquiera soy yo misma la que las está pronunciando. Un algo en mi cajita, con cara de sabio y gafas que descansan en la punta de su nariz, parece ocuparse de dictarlas a la velocidad de la luz, para crear momentos mágicos de coordinación entre las palabras que se esfuman al momento. Me gusta capturarlas al vuelo, casi sin darme cuenta, metérmelas en la boca y saborearlas lentamente. Las hago mías, completamente mías, las entiendo y las mimo, como haría una madre con sus retoños. Y, después, dejo que se vayan volando hacia el desván de mis sueños.
Son estas pequeñas cosas llenas de magia, las que me hacen querer pensar que no soy la única que actúa así o que piensa así. Cómo me gustaría observar cómo se desarrolla este proceso delante de mis ojos, en otra persona que no sea yo. Sé, o me obligo a creer, que mis palabras acaban ascendiendo hacia el cosmos de las palabras creadas con delicadeza. Y sé también, que las mías acaban mezclándose y vendiéndose a las de otros soñadores como yo, que con las luces apagadas ven universos de sensibilidad coloreando sus bellas mentes.

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