domingo, 26 de junio de 2016

Casper y las fiestas

Hay mundos que no se deben mezclar, eso lo tengo muy claro. No puedes echar gasolina por toda la casita del árbol si sabes que vives cerca de un pirómano. Hasta ahí llego. Pero sé que hay cosas que pueden convivir a la vez sin provocar un incendio, aunque nadie me crea. Sé que con unas copitas de más y bajo el efecto de la música estridente y las luces parpadeantes, este fantasma puede lograr adoptar la apariencia de cualquier otra persona del local. No es ninguna locura darle alcohol a Casper, en absoluto. Tampoco es nada nuevo que Casper sepa contonear las caderas o toquetearse un mechón de pelo. Ella sabe moverse, aunque siempre vaya a negártelo. También sabe cómo jugar, aunque quizás necesite una ayudita con hielo para eso.
La cosa es que Casper ha crecido y el hecho de que no vaya por ahí gritándolo de sesenta y nueve formas diferentes, no significa que ella siga usando pañales. Ha visto lo suficiente como para tener una agenda mental con todo lo necesario para sobrevivir en ambientes de ese estilo. También ha visto lo suficiente como para interpretar cuándo la miran con condescendencia y cuándo se la comen con la mirada. Aún está en proceso de saber responder a cada una de esas miradas, pero más o menos sabe defenderse.
Quizás, muy a menudo, te comente que la música alta y las lucecitas sin sentido la ponen muy nerviosa. Y es totalmente cierto. Sin embargo, cuando se encuentra segura de que nadie la está observando, no puede evitar dejarse llevar por la melodía, sea la que sea. Y es que, ese bicho sensiblón que lleva dentro es débil a las ganas de bailar, o al ritmo de algo que lo inspire a moverse. Lo que está muy claro es que siempre preferirá mil veces más una lata de 330 ml de nestea a todas esas botellas de alcohol. Hay cosas que nunca cambian.

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