sábado, 31 de octubre de 2015

Mi curiosidad me matará

Cuando la razón clavaba sus uñas en la pizarra pintarrajeada de mi mente, el sonido que se producía en mi cabeza era difícilmente soportable, era algo que pocas personas podrían siquiera escuchar sin perder los estribos. Sé de sobra que aquel sonido desagradable no era más que el simple aviso que me alertaba de que no podía caminar siempre con los ojos vendados y el corazón en la mano. Pero, ¿qué más daba? Era y soy joven, inexperta y fácilmente modelable. No me preocupaba ir por ahí con más de una cicatriz fuese donde fuese y pesase a quien le pesase. Sin embargo, el hecho de que ignorara rotundamente aquella alarma de peligro, me hacía parecerme más a un suicida que a una persona que tiene las riendas de su vida. Buscando entre laberintos de recuerdos y pensamientos a mi ser más racional, me lo encontraba sentado, risueño y diciendo que en el fondo sabía perfectamente que el camino que estaba cogiendo era el que más daño me haría al final. Entonces, como una tonta, apoyaba teatralmente el dedo índice sobre mi labio inferior, y me preguntaba a mí misma cuál era la razón por la que tanto me gustaba andar por aquellos caminos que me dejarían hundida de cuello para abajo. "Curiosidad", susurraba aquel ser de mi interior que parecía saberlo todo sobre mí. Y me era totalmente imposible no acordarme de aquel dicho tan gastado que nos cuenta que la curiosidad mató al gato. Quizás soy irónica sin saberlo ni quererlo, quizás me gusta que mis fracasos tengan ese brillante punto irónico, quizás, en la placa que descanse encima de la tumba en la cual yazca mi satisfecho cadáver, rece ese dicho como si fuese un resumen completo de mi vida.

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